La mayoría de los astronautas que conocemos son hombres. Al comienzo de la carrera espacial los astronautas eran militares, principalmente pilotos de pruebas con nervios de acero, que como Neil Armstrong, habían demostrado su pericia a la hora de enfrentarse a problemas pilotando aeronaves experimentales. Ir al espacio era algo completamente novedoso y arriesgado y no sería hasta la última misión a la Luna, el Apollo 17 en 1972, que se permitió acceder a un civil (concretamente al geólogo Harrison Schmitt), ir al espacio.

A mediados de los 80, las misiones espaciales estadounidenses solían contar ya regularmente con científicos. El transbordador espacial, al ser reutilizable, permitía ahorrar en costes y disponer de una tripulación amplia en la que no era necesario que todo el mundo fuese un experto piloto. Los científicos e ingenieros civiles empezaron a ir al espacio de forma continua.

1983 fue un año simbólico para el programa espacial estadounidense: Sally Ride se convirtió en la primera mujer americana en el espacio y Guion Bluford en el primer afroamericano que hacía lo propio. Pero la “rutina” de las misiones del transbordador, con varias misiones al año no solo favoreció la diversidad, también creó desinterés. Así como en los 60 ir al espacio se veía como una hazaña y cada lanzamiento era seguido por televisión por millones de personas, ahora parecía poco más interesante que ir a la oficina.

Por eso, en 1985 y bajo la administración Reagan, la NASA creó el programa “Profesores en el espacio”, con el fin de recordar a los niños la importancia que la ciencia espacial tiene para la humanidad, con clases y experimentos realizados en directo desde el transbordador. La profesora seleccionada, de entre más de 11.000 candidatos fue Christa McAuliffe.


McAuliffe era una joven profesora de Boston, enamorada de su trabajo, que convenció a los seleccionadores de la NASA por su contagiosa vitalidad y generosa personalidad. Tras un año de entrenamiento, durante el que Christa se convirtió en primera Novia de América valorada por su talento y pasión profesional, todo estaba listo para que impartiese dos clases en directo desde el espacio. McAuliffe estaba día sí y día también en las noticias y la NASA no podía estar más feliz de haber recuperado sus índices de audiencia.

 

Asignada a la misión del transbordador Challenger STS-51-L con programada para el 18 de enero de 1986, Christa y sus compañeros tuvieron la desgracia de morir tras la explosión a los 73 segundos del lanzamiento que sufrió la nave, dejando al mundo en shock. Era la primera vez en la historia de la NASA que se perdían vidas en vuelo.

Aunque Christa McAuliffe no pudo cumplir su sueño en vida, sí inspiró a una generación. No solo allanó el camino para que, años después, Bárbara Morgan se convirtiese en la primera educadora en el espacio, sino que muchos de sus alumnos se convirtieron en profesores, honrando el legado de la mujer que soñó con llevar el espacio a los niños.

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