La principal razón  por las que los cohetes tienen un tamaño tan grande es porque necesitan una enorme cantidad de combustible para generar la fuerza suficiente que haga que el peso útil (nave, sonda, satélite, carga, tripulación) pueda escapar de la gravedad terrestre y salir al espacio. El peso de la carga útil es tan determinante, que se estima que poner un kilogramo de peso en el espacio cuesta más de un millón de dólares en la actualidad, superándose ampliamente este coste en los principios de la carrera espacial.

 

Sin embargo, y dado el enorme riesgo que supuso enviar astronautas a la Luna durante el programa Apollo, la NASA permitió a sus astronautas llevar algunos efectos personales, siempre que no superasen un cierto peso y volumen.

 

Alan Shepard del Apollo 14, que era un auténtico bromista, se llevó un palo y unas pelotas de golf con el fin de conseguir el swing más largo de la historia (record que todavía ostenta). Dave Scott, del Apollo 15, más comprometido con la ciencia, se llevó una pluma y un martillo para demostrar que ambos caían a la misma velocidad en el vacío del espacio, como planteó Galileo.

 

Pero tal vez el objeto más bonito fue el que llevó Charlie Duke, del Apollo 16. Consciente de que el entrenamiento para su misión había hecho que prácticamente no pudiese pasar tiempo con su familia en los dos años anteriores, les preguntó a sus hijos sí querían ir a la Luna con él. Ellos, lógicamente, respondieron que sí entusiasmados. Así que Duke salió al jardín de su casa y se tomó una fotografía con ellos y su esposa.

Duke llegó a la Luna junto a su compañero de misión John Young y pasó tres días de 1972 en los Montes de Descartes. El día en el que iban a regresar, en la última salida a la superficie, dejó la foto de su familia sobre el polvo lunar y tomó una fotografía con su cámara Hasselblad para que al volver, su familia pudiese comprobar que efectivamente habían llegado a la Luna.

Aunque debido a las duras condiciones de la Luna, la fotografía se ha borrado con total seguridad, el papel sigue hoy en ella, junto a las huellas de Duke. De alguna manera, sus hijos fueron los primeros niños en pisar la Luna.

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